Tuneles
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El pico golpeó en la pared de tierra, echó chispas al pegar contra un escondido canto de sílex, atravesó la capa de arcilla y se detuvo en seco. —¡Puede que lo hayamos encontrado, Will! — El doctor Burrows avanzó a gatas por la pendiente del túnel. Sudoroso y jadeando en aquel reducido espacio, empezó a excavar la tierra febrilmente, empañando el aire estancado con su aliento. A la luz de las lámparas de sus cascos con cada paletada de tierra conseguía ver un poco más del viejo encofrado de madera que había detrás, dejar al descubierto la astillada superficie y el veteado bajo la capa de pez. —Pásame la palanca.— Will hurgó en la cartera, encontró la pequeña y gruesa herramienta de color azul, y se la entregó a su padre, que no apartaba la vista del trozo de madera que tenía ante él. El doctor Burrows introdujo con fuerza el extremo plano de la barra por entre dos tablas y soltó un gruñido cuando volcó sobre ella todo su peso para hundirla y conseguir punto de apoyo. Después empezó a mover la palanca hacia uno y otro lado. Las tablas crujieron contra sus engarces y se combaron hasta saltar con un chasquido que resonó en todo el túnel. Will retrocedió un poco cuando llegó hasta él una bocanada de aire cálido y húmedo del inquietante agujero que había abierto su padre. Sin pérdida de tiempo, arrancaron otras dos tablas y dejaron a la vista una abertura por la que cabía un hombro. Guardaron silencio. Se miraron e intercambiaron una breve sonrisa de complicidad. Sus caras, iluminadas por las luces de sus respectivos cascos, se veían manchadas como si se hubieran puesto pinturas de guerra. Volvieron a prestar atención al agujero, y se quedaron mirando con sorpresa las motas de polvo que parecían minúsculos diamantes que flotaban en el aire, formando en la negra abertura desconocidas constelaciones. Con cautela, el doctor Burrows se asomó por el boquete, mientras Will se pegaba a su lado intentando atisbar algo. Las lamparillas de sus cascos se internaron en el abismo e iluminaron una pared curva forrada de azulejos. Las luces, penetrando aún más allá, recorrieron viejos carteles cuyos bordes despegados de la pared se rizaban suavemente como zarcillos de algas que se adhieren al fondo del océano para resistir las poderosas corrientes. Will levantó un poco la cabeza, buscando algo a lo lejos con la vista y finalmente distinguió el borde de una señal esmaltada. El padre siguió la mirada del hijo hasta que los dos rayos de luz enfocaron el nombre: —¡Highfield & Crossly North! ¡Es esto, Will! ¡Lo hemos encontrado! — Su voz emocionada retumbó en los confines húmedos y fríos de la estación de metro abandonada. Notaron en el rostro una leve corriente que recorría el andén y las vías, y que parecía provocada por algo que hubiera despertado aterrorizado ante la intrusión en aquella catacumba cerrada y olvidada durante tantos años. Will pateó con fuerza los tablones que había en la base de la abertura, que desprendieron una lluvia de astillas y trozos de madera podrida, hasta que de repente las tablas cedieron. Pasó como pudo por el hueco, sin soltar la pala. Su padre lo siguió inmediatamente, y los pies de ambos hicieron crujir la sólida superficie del andén. Sus pasos retumbaban, y las lamparillas de sus cascos les iban abriendo un camino de luz en medio de la oscuridad. Del techo colgaban montones de telarañas, y el doctor Burrows tuvo que soplar para quitarse una que le había cubierto la cara. Al mover la cabeza, el frontal de su casco iluminó a su hijo, que ofrecía una extraña estampa con la mata de pelo blanco, como paja decolorada por el sol, que sobresalía por debajo del casco lleno de abolladuras. Cuando parpadeaba en la oscuridad, el entusiasmo se reflejaba en el azul claro de sus ojos. La ropa de Will tenía el mismo color y textura que la arcilla. De cuello para abajo estaba tan lleno de barro que daba la impresión de que se trataba de una escultura a la que por un milagro se le hubiera infundido vida. Su padre, el doctor Burrows, era un hombre delgado, del que no se podía decir que fuera ni alto ni bajo. Tenía la cara redonda, con unos penetrantes ojos castaños cuya mirada hacían más intensa aún los gruesos vidrios de sus gafas con montura dorada. —¡Mira, Will, mira eso! —dijo iluminando con la lamparilla una señal que se encontraba encima de la abertura por la que acababan de pasar. «SALIDA», se leía en grandes letras de color negro. Encendieron las linternas de mano, y sus haces de luz, combinados con los menos potentes de las lámparas de los cascos, atravesaron la oscuridad revelando la longitud total del andén. Colgaban raíces del techo, y las paredes estaban cubiertas de vegetación y había manchas verticales de cal sedimentada bajo las grietas por las que se había filtrado la humedad. Desde algún lugar distante, se oía correr agua. —Menudo descubrimiento, ¿no te parece? —dijo su padre como felicitándose a sí mismo—. Piensa que nadie ha puesto los pies aquí abajo desde que se construyó en 1895 la nueva línea de Highfield. Habían llegado al final del andén, y el doctor Burrows enfocaba en aquel momento la linterna hacia la boca del túnel del tren, que tenía al lado. Estaba tapada por un montón de escombros y tierra. —Estará igual al otro lado… Sellarían ambas bocas —dijo. Mientras caminaban por el andén, mirando los muros, podían distinguir azulejos de color crema agrietados. Cada tres metros aproximadamente había una lámpara de gas, y algunas conservaban incluso las pantallas de cristal. —¡Papá, papá, mira aquí! —gritó Will—. ¿Has visto estos carteles? Aún se pueden leer. Parece que éste anuncia terrenos o algo así… Éste otro está bien: «El Circo Wilkinson… instalado en los terrenos comunales… 10 de febrero de 1895». Y hay una foto —dijo sin aliento a su padre, que se había acercado a él. El cartel había quedado a salvo del agua, y podían distinguirse los colores crudos de la lona roja, y enfrente de ella, de pie, un hombre de azul y con sombrero de copa—. ¡Y mira éste! —añadió Will—. «¿Demasiado gordo? ¡Ya no, con las píldoras de la esbeltez del doctor Gordon!» —El grueso trazo del dibujo mostraba a un hombre corpulento, con barba, que sostenía un pequeño tarro. Siguieron caminando, bordeando una montaña de escombros que se derramaba por el andén, desde uno de los corredores. —Por ahí seguro que se pasaba al otro andén —le explicó el doctor Burrows a su hijo. Se pararon a contemplar un banco de hierro fundido de estilo recargado. —Nos quedaría bien en el jardín. Bastaría con lijarlo un poco y darle unas manos de pintura —murmuró el doctor mientras la linterna de Will alumbraba una puerta de madera oscura oculta en las sombras. —Papá, ¿no había en tu plano una oficina o algo parecido? —preguntó, mirando la puerta. —¿Una oficina? —repitió su padre buscando en los bolsillos hasta encontrar el papel que buscaba—. Déjame que eche un vistazo. Will no esperó y empujó la puerta, que estaba atrancada. Olvidándose del plano, el doctor Burrows acudió en ayuda de su hijo, y trataron entre los dos de abrir la puerta empujando. Se combaba mucho, pero cedió bruscamente al tercer intento. Los dos cayeron al suelo, en el interior de la oficina, cubiertos por un montón de barro que les había caído encima de la cabeza y los hombros. Tosiendo, frotándose los ojos para quitarse el polvo, se abrieron camino entre cortinas de telarañas. —¡Vaya! —exclamó Will en voz baja. En el centro de la pequeña oficina, podían distinguir un escritorio y una silla cubiertos de polvo. Con cuidado, el chico pasó por detrás de la silla y con la mano enguantada retiró la capa de telarañas de la pared para dejar al descubierto un plano grande y descolorido de la red del metro. —Debía de ser el despacho del jefe de estación —comentó su padre, limpiando con el brazo el polvo de una parte del escritorio en la que había un papel secante y, sobre él, una mugrienta taza de té en su plato. Junto a ella, un pequeño objeto, descolorido por el tiempo, manchaba de verde la superficie del escritorio: —¡Fascinante! Es un telégrafo de estación de exquisita factura… Yo diría que es de bronce. Dos de las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de cajas de cartón muy deterioradas. Will eligió una caja al azar y se apresuró a dejarla sobre el escritorio temiendo que se le deshiciera en las manos. Levantó la deformada tapa y observó maravillado los fajos de billetes de tren viejos. Sacó uno de los fajos, pero la banda de goma se deshizo y los billetes se esparcieron por el escritorio. —Están en blanco, aún no los habían impreso —comentó el doctor Burrows. —Tienes razón —confirmó Will, sin dejar de sorprenderse por lo que sabía su padre mientras examinaba uno de los billetes. Pero su padre no escuchaba. Estaba arrodillado, tirando de un objeto pesado que se hallaba en un estante inferior, envuelto en una tela podrida que se rompía al tocarla. —Y aquí… —anunció el doctor Burrows, mientras Will se volvía a mirar el bulto, que parecía una vieja máquina de escribir con una larga palanca a un lado— tenemos un buen ejemplo de una antigua máquina de imprimir billetes. Un poco herrumbrosa, pero se puede limpiar. —¿Para llevarla a un museo? —No, para ponerla en mi colección —contestó su padre. Después de dudar un poco, su rostro adquirió una expresión de seriedad—. Mira, Will, no le vamos a decir nada a nadie sobre esto, ¿entendido? —¿Qué? Will se volvió, frunciendo ligeramente el ceño. Ninguno de los dos iba por ahí pregonando el hecho de que dedicaran su tiempo libre a aquellos sofisticados trabajos subterráneos y, por otro lado, tampoco a nadie le interesaría de verdad. Su pasión común por descubrir cosas enterradas era algo que no compartían con nadie más, algo que los aproximaba el uno al otro, un lazo que los unía. Estaban de pie en la oficina. Las lamparillas de los cascos les iluminaban los rostros. Como su hijo permanecía en silencio, el doctor Burrows lo miró fijamente, y prosiguió: —No te tengo que recordar lo que ocurrió el año pasado on la villa romana, ¿verdad? Apareció aquel eminente profesor, se apropió de la excavación y se llevó toda la gloria. Yo fui quien descubrió ese sitio, ¿y qué obtuve a cambio? Un diminuto reconocimiento sepultado en su triste ponencia. —Sí, lo recuerdo —dijo Will, acordándose de la frustración de su padre y sus estallidos de furia. —¿Y quieres que vuelva a pasar? —Claro que no. —Bien, esta vez no voy a convertirme en una nota a pie de página. Prefiero que no lo sepa nadie. Esta vez no me lo robarán. ¿De acuerdo? Will asintió con la cabeza, haciendo que la luz del casco subiera y bajara por la pared. Su padre miró el reloj. —Tendríamos que ir pensando en volver. —Vale —respondió el muchacho de mala gana. El doctor Burrows percibió el descontento de su hijo en el tono de su voz. —No tenemos prisa. Podemos explorar el resto con calma mañana por la noche. —Sí, ya lo sé —dijo Will con poco entusiasmo, yendo hacia la puerta. Su padre le dio en el duro casco unas palmadas de afecto mientras salían de la oficina. —Ha sido un gran hallazgo, Will, hay que reconocerlo. La compensación de todos estos meses de excavación, ¿no te parece? Volvieron sobre sus pasos y, tras echar una última mirada al andén, se metieron por la abertura. Seis metros más allá, el túnel se ensanchaba de manera que podían caminar uno al lado del otro. Si bien el doctor Burrows se encorvaba ligeramente, el túnel era lo bastante elevado para que pudiera caminar erguido. —Tenemos que doblar el número de cinchos y puntales —dijo el doctor Burrows, observando las tablas por encima de sus cabezas—. En lugar de uno cada metro, como dijimos, más vale uno cada dos. —Desde luego, papá —respondió Will, sin convencimiento. —Y hay que sacar esta tierra de aquí —prosiguió su padre, pisando con la bota un montón de barro que había en el suelo del túnel—. Es la única manera de ganar un poco de espacio. —Sí, claro —contestó Will distraído, sin ganas de hacer nada al respecto. Con mucha frecuencia, la emoción que sentía por el descubrimiento le hacía olvidar las medidas de seguridad que su padre intentaba establecer. Lo que le apasionaba era excavar, y lo último que le apetecía era perder el tiempo en «labores del hogar», como las llamaba su progenitor. De todos modos, éste raramente le ayudaba a cavar, y sólo aparecía cuando tenía uno de sus presentimientos. El doctor Burrows silbaba distraídamente mientras se demoraba para inspeccionar una torre de espuertas cuidadosamente apiladas y un montón de tablas. De camino a la salida, se detuvo varias veces más para comprobar los puntales de madera que había a cada lado. Los golpeaba con la palma de la mano, y al hacerlo su confuso silbido se elevaba hasta agudos imposibles. Al final el túnel se volvía llano y se expandía en una amplia estancia en la que había una mesa de caballetes y dos butacas de aspecto lamentable. Descargaron sobre la mesa parte del equipo, antes de ascender por el último tramo del túnel que llevaba a la salida. Justo cuando el reloj del ayuntamiento terminaba de dar las siete, en un rincón del aparcamiento de Temperance Square, se elevó un par de centímetros un lateral de una plancha de hierro corrugado. Esto ocurría a comienzos del otoño, y el sol se inclinaba sobre el horizonte cuando padre e hijo, después de comprobar que no había moros en la costa, retiraron la plancha para dejar al descubierto un gran hoyo con armazón de madera. Sacaron un poco más la cabeza para asegurarse bien de que no había nadie más en el aparcamiento, y salieron del hoyo. Tras tapar la entrada colocando la plancha en su sitio, Will esparció con el pie un poco de tierra para disimularla. La brisa agitaba las vallas publicitarias que cercaban el aparcamiento, y un periódico daba vueltas por el suelo como una planta rodadora, esparciendo sus páginas. La luz del sol poniente dibujaba el contorno de las naves de almacenamiento circundantes y se reflejaba en la fachada de tejas rojas de un viejo edificio de viviendas de alquiler. Al salir de allí, padre e hijo parecían un par de buscadores de oro de vuelta a la ciudad después de visitar su mina en las colinas. En la otra punta de Highfield, Terry Watkins (o «Tel Escombros », como lo llamaban sus compañeros de trabajo) se había puesto ya el pantalón del pijama y se lavaba los dientes ante el espejo del cuarto de baño. Se encontraba agotado. Quería acostarse y dormir de un tirón toda la noche, pero su mente seguía dándole vueltas a lo que había visto aquella tarde. Había sido un día espantosamente duro y largo. Él y su equipo de demoliciones estaban derribando la antigua fábrica de albayalde para dejar sitio a un nuevo bloque de oficinas para no se sabía qué ministerio. Se moría por volver a casa, pero había prometido a su jefe que sacaría unas hileras de ladrillos del sótano para hacerse una idea sobre la extensión de los cimientos. Lo que menos se podía permitir la compañía era pasarse del plazo previsto, que era siempre el riesgo con aquellos edificios antiguos. Alumbrado por el foco portátil, había golpeado con la maza para deshacer los ladrillos hechos a mano, que iban revelando su interior encarnado como animales descuartizados. Volvió a golpear, y los fragmentos saltaron al suelo del sótano cubierto de hollín. Lanzó una maldición por lo bien construido que estaba todo el maldito edificio. Después de varios golpes más, esperó a que se asentara la nube de polvo de ladrillo que había levantado. Se sorprendió al ver que la zona de muro que le tenía ocupado sólo tenía el grosor de un ladrillo, y que donde deberían haber estado la segunda y la tercera capa, había una plancha de hierro colado. La golpeó un par de veces, y a cada golpe resonó con un rotundo sonido metálico. No cedería con facilidad. Respiró con esfuerzo mientras pulverizaba los ladrillos adheridos a la superficie metálica, para descubrir, con enorme sorpresa, que tenía bisagras, e incluso una especie de manilla. Era una puerta. Se detuvo jadeando por un momento, tratando de entender qué sentido tenía acceder a lo que debía ser una parte de los cimientos. Y a continuación cometió el mayor error de su vida. Utilizó el destornillador para levantar la manilla, una argolla de hierro forjado que giró con un esfuerzo sorprendentemente leve. La puerta se abrió hacia dentro sólo con la ayuda de una de sus botas de trabajo, y golpeó contra la pared, al otro lado, haciendo un ruido que resonó durante una eternidad. Sacó la linterna y alumbró la impenetrable oscuridad de la estancia que había abierto. Comprobó que tenía al menos seis metros de largo, y que era de forma circular. Atravesó la puerta, dando un paso para pisar la superficie de piedra de la sala. Pero al segundo paso el suelo desapareció y su pie sólo encontró el vacío. ¡Iba a caerse! Se tambaleó en el mismo borde, agitando los brazos como aspas de un molino hasta que logró recuperar el equilibrio y apartarse. Cayó contra el marco de la puerta y se agarró a él, respirando hondo para calmar los nervios y maldiciéndose por su precipitación. —Vamos, no pasa nada —se dijo en voz alta, dándose ánimos para obligarse a continuar. Avanzó despacio y con prudencia, iluminando con la linterna, y comprobó que se hallaba ante un precipicio y que a sus pies había una impenetrable oscuridad. Se asomó para intentar ver el fondo, pero parecía que aquel agujero no tuviera final. Tenía ante él un enorme pozo de ladrillo. Y, al mirar hacia arriba, tampoco llegaba a ver el techo: los muros de ladrillo ascendían de manera sobrecogedora hasta perderse en la oscuridad, más allá del alcance de su pequeña linterna de bolsillo. De lo alto parecía venir una fuerte corriente de aire que le helaba el sudor de la nuca. Dirigiendo el rayo de luz en todas direcciones, descubrió que había una escalera de más o menos medio metro de ancho, que nacía del borde de piedra y descendía adosada al canto del muro. Tanteó el primer peldaño para comprobar su solidez, y como vio que era firme, empezó a descender la escalera despacio y con prudencia, para no resbalar a causa de la fina capa de polvo, la paja y las ramitas que cubrían los escalones. Fue descendiendo más y más, circundando el perímetro del pozo, hasta que la luz que entraba por la puerta no fue más que un distante puntito en lo alto. Por fin acabaron los peldaños de la escalera, y se encontró pisando un suelo de baldosas. Utilizando la linterna para mirar a su alrededor, vio muchas tuberías de color plomizo que subían serpenteando por los muros, como tubos de un órgano borracho. Siguió con la vista el recorrido de una de ellas y vio que al final se abría en forma de embudo, como si fuera un respiradero. Pero lo que más le llamó la atención fue una puerta con una pequeña ventanilla de cristal. No cabía duda de que al otro lado había luz, y sólo encontró una explicación: que había ido a dar con el metro. No había otra posibilidad, sobre todo teniendo en cuenta el zumbido bajo y sordo que se oía, un zumbido producido indudablemente por máquinas, y la constante corriente de aire. Se acercó muy despacio a la ventanilla, que era un redondel de grueso cristal manchado y con surcos hechos por el tiempo, y miró a través de ella. No podía creer lo que veían sus ojos. A través de la ondulante superficie del cristal, pudo ver una escena que parecía sacada de una vieja y rayada película en blanco y negro: había una calle y una fila de edificios, y la gente pululaba a la luz de unas brillantes esferas de fuego que se movían lentamente. Eran seres de aspecto aterrador: fantasmas anémicos vestidos con atuendos antiguos. No era un hombre especialmente religioso, pisaba la iglesia sólo en las bodas y en algún que otro funeral. Pero por un instante se preguntó si no habría llegado a algún anexo del infierno o a algún tipo de parque temático del purgatorio. Se apartó de la ventanilla para santiguarse al tiempo que murmuraba avemarías llenos de equivocaciones. Preso del pánico, retrocedió y subió la escalera corriendo. Ya arriba, cerró bien la puerta para evitar que saliera por allí ninguno de aquellos demonios. Atravesó corriendo el desierto edificio, y después de salir por la puerta principal, echó el candado. Mientras volvía a casa en el coche, anonadado, se preguntaba qué le diría por la mañana al jefe. Aunque lo había visto con sus propios ojos, no sabía que pensar y era incapaz de evitar repetir la escena en su mente una y otra vez. Al llegar a casa no pudo evitar contárselo a su familia, porque tenía que hablar con alguien de lo que había visto. Su mujer, Aggy, y sus dos hijos adolescentes dieron por supuesto que había estado bebiendo y después de cenar se burlaron de él. Entre crueles carcajadas, ha cían el gesto de empinar el codo para hacerlo callar. Pero él no podía dejar de hablar del tema, y Aggy terminó pidiéndole que se callara y dejara de contar tonterías sobre monstruos infernales de pelo blanco y bolas de fuego, y la dejara ver Los Soprano. Así que estaba en el cuarto de baño, cepillándose los dientes y preguntándose si existiría el infierno, cuando oyó un grito. Era el chillido de su mujer, el que reservaba para cuando veía un ratón o una araña en el baño. Pero en vez de oír los dramáticos lamentos que habitualmente seguían a ese tipo de gritos, su mujer se calló en seco. Instintivamente se dispararon todas sus alarmas, y se volvió temblando de miedo. Vio que las luces se apagaban y el mundo se ponía patas arriba, mientras él quedaba suspendido por los tobillos, boca abajo. Algo que era mucho más fuerte que él, algo a lo que resultaba completamente imposible resistirse, le sujetó los brazos y las piernas. Después envolvieron todo su cuerpo con un tejido grueso y lo colocaron en posición horizontal para sacarlo rodando, exactamente igual que hubieran hecho con una alfombra. Gritar le resultó imposible, pues le habían tapado la boca y sólo a duras penas conseguía respirar. En cierto momento creyó oír la voz de uno de sus hijos, pero fue algo tan breve y apagado que no estaba seguro. Nunca, en toda su vida, se había sentido tan aterrorizado por su familia y por él mismo. Ni tan indefenso. |